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Hacia un cambio de pensamiento: un cambio de desarrollo

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Aunque débil, el clamor es perceptible.  Millones de personas, las más desventuradas por la pobreza y aquellos que intentan con gran esfuerzo salir de ella, piden un cambio de perspectivas, piden inclusión, piden ser tenidas en cuenta, piden no ser victimas del desperdicio, la irresponsabilidad y las ineficiencias del primer mundo.  Quizá nuestro planeta pide lo mismo.

Durante millones de años la tierra ha estado sometida al ir y venir de efectos climáticos severos, catastróficos  y tal vez forjadores de lo que hoy conocemos.  Desde el Eón hádense (el primero desde la formación de la tierra) hasta hoy, el cambio climático ha estado presente, es inherente al desarrollo del planeta; negarlo es oponerse a la realidad.  Sin embargo, la situación actual tiene una connotación especial, única si ahondamos en la historia: la incidencia del hombre como colectividad en la tendencia hacia un estado climático con características radicalmente diferentes.

No cabe duda, pues existen evidencias que lo corroboran, que durante todo el período cuaternario (hace 1.800.000 años a hoy) no se registraban niveles tan altos de Dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, así como de otros gases que potencian el efecto invernadero como en la actualidad; producto, principalmente del consumo creciente y desmesurado de combustibles fósiles como base fundamental de aprovechamiento energético, desde el hogar hasta la industria.  Un mecanismo de aprovechamiento que impulsó desde la edad temprana de la revolución industrial el desarrollo del hombre y su nivel de vida en forma creciente, aunque desigual; pero que ha demostrado no ser sostenible, dada su evidente repercusión en la aceleración hacia un posible cambio climático que desafía la capacidad de los seres vivos para subsistir.

Y el problema no solamente redunda en el consumo de petróleo, carbón o gas, principales derivados de la materia fósil, sino de igual forma, en la ineficiencia con que han sido utilizados y el consecuente desperdicio, tanto industrial como doméstico.  Se podría decir que el alto nivel de desarrollo alcanzado por el hombre es equivalente al gran volumen de acumulación de basuras del planeta.  Es decir, un desarrollo que se sustenta en el desperdicio.

¿Por qué en el desperdicio?

Crutzen, premio Nóbel de química en 1995, propuso bautizar la época desde la revolución industrial como la del rendimiento antropóceno; es decir, ya no estaríamos en el holoceno, sino en una época caracterizada por un hombre que ha pasado a ser parte activa de la transformación del sistema Tierra en todos los aspectos, tanto para bien como para mal.  Un hombre que halló en el carbono fósil una fuente inimaginable de energía para movilizar a la humanidad hacia un mejor desarrollo; un desarrollo que a la larga se ha sustentado en la visión del planeta como un stock inagotable de recursos, almacenado para satisfacer a sus anchas no solo las necesidades, sino sus deseos y en gran proporción sus excentricidades, sus caprichos y vanidad.

Con el consumo masivo y desproporcionado de los recursos se ha dado paso a la acumulación creciente de elementos sobrantes que en cierta medida impactan el ambiente modificándolo físicoquímicamente, y cuyo valor en la dinámica económica actual es irrisorio: Los residuos. Ya sean estos sólidos, líquidos o gaseosos.

Son precisamente esos residuos, originados por el desperdicio, los causantes de la contaminación de ríos y mares, y sus consecuentes implicaciones tanto para la vida acuática como humana; de la contaminación de suelos, de la proliferación de enfermedades; y por supuesto de la contaminación atmosférica.  O ¿acaso no es en gran proporción el dióxido de carbono presente en la atmósfera en estos momentos producto de las emisiones industriales? ¿No constituye el aumento progresivo de ese CO2 un buen potenciador del efecto invernadero? ¿No se atribuye a ese efecto invernadero, en gran medida, el aumento gradual de la temperatura media del planeta?

La ineficiencia y el desperdicio marcan esta civilización tanto como la desigualdad.  Sorprende que en apenas siglo y medio el 25% de la humanidad ha generado un agotamiento injustificado de los recursos y ha proporcionado al ambiente una incuantificable cantidad de desechos que atentan contra la vida de aquellos que poco contribuyen al problema, e incluso de si mismos, aunque en menor medida.  Pues es la población de los países no desarrollados la que sufre los efectos de la derrochadora forma de vida de los industrializados; sobretodos aquellos pobladores de las zonas más deprimidas, por la carencia de medios económicos y financieros para contrarrestar las posibles manifestaciones de un cambio climático que puede ser severo a largo plazo.

Afrontar ese posible cambio climático requiere primero un cambio de pensamiento, un resurgir de la conciencia y los valores fundamentales, un cambio de desarrollo, un cambio de método.  Requiere del compromiso de los principales contaminadores de reducir y racionalizar el consumo, así como de solidaridad con los que poco o nada aportan al problema.

Si existe algo positivo en torno al cambio climático es que este pondrá a prueba no solo la capacidad de los seres vivos para mantenerse, sino también la capacidad de unirnos en torno a un objetivo común, en torno a la lucha contra un problema que nos afecta a todos.

Nelson Vásquez Castellar
www.elobservadorm.blogspot.com