El deshielo del permafrost acelerará el calentamiento global

Siempre que se habla de los efectos de la actividad humana en el cambio climático, y fundamentalmente en los casos en los que se pretende hacer proyecciones a largo plazo, suele introducirse la salvaguarda del desconocimiento pleno de los ciclos geoclimáticos naturales. Por poner un ejemplo, el flujo de carbono entre tierra, océano y atmósfera es un orden de magnitud mayor que el debido a actividad antropogénica. Así, más que analizar los flujos netos de gases invernadero o los aumentos locales de temperatura de manera aislada o absoluta, es necesario entender de que manera esta perturbación externa puede alterar los ciclos naturales, y hacia que nuevo punto de equilibrio puede desplazarlos. Centrándonos en el ciclo del carbono, son de particular importancia los denominados depósitos vulnerables, grandes almacenes de carbono que pueden resultar afectados por el cambio climático, y verter cantidades ingentes de CO2 a la atmósfera. Uno de estos depósitos vulnerables -uno de los más grandes de hecho- es el permafrost.

El permafrost es el material del subsuelo que se halla permanente congelado a temperaturas bajo cero. Se encuentra fundamentalmente en zonas cercanas a los polos y en terreno montañoso a gran altitud, donde la temperatura media anual está por debajo de los 0ºC . Más precisamente, si la temperatura media es superior a los -5ºC no se formará una capa continua de permafrost, sino únicamente regiones aisladas (hay excepciones debidas a temperaturas pasadas frías que dejaron un legado de permafrost fósil). La zona de permafrost continuo abarca grandes zonas árticas y antárticas, y puede considerarse que ocupa alrededor del 20% del terreno sobre el mar. La estructura de estas zonas de permafrost comprende una capa más superficial en la que se produce descongelación estacional (denominada capa activa, y que puede tener de unos centímetros a un par de metros de grosor), y una capa estable de permafrost, con una zona de transición rica en hielo entre ambas. Estas capas más profundas de permafrost almacenan una gran cantidad de carbono en forma de material orgánico, por lo que su descongelación podría exponerlo a descomposición y vertido a la atmósfera. Un estudio de la magnitud e implicaciones de esta descongelación ha sido realizado por Edward A.G. Schuur, de la Universidad de Florida, y 19 colaboradores, en un trabajo titulado

 

Vulnerability of permafrost carbon to climate change: Implications for the global carbon cycle

 

recién publicado en BioScience. La estimación de Schuur et al. es de 1672 Pg (1 petagramo = 1000 millones de toneladas) para todo el carbono acumulado en el permafrost del hemisferio Norte (en el hemisferio Sur hay un contenido mucho menor, por lo que no se ha tenido en cuenta en el análisis). Este material orgánico se ha ido acumulando a través de la zona activa por obra de diferentes procesos geológicos. Por un lado está el crecimiento singenético, por el que se produce un crecimiento vertical de la zona de permafrost (de unos 0.7 mm/año), que engulle el material acumulado en el fondo de la zona activa. Por otro lado está la crioturbación, por el que se produce una mezcla de los materiales entre las capas del subsuelo debido a ciclos repetidos de congelación/descongelación.

Dado que algunos modelos predicen un aumento de varios grados de temperatura en estas zonas circumpolares a lo largo del siglo XXI (de hecho, los hielos árticos son hoy en día una isla por primera vez en 125,000 años, como se aprecia en la imagen superior), puede producirse una liberación gradual de este material orgánico acumulado. El ritmo al que se produce dependerá de condiciones locales, y se verá afectado por otros factores externos como las precipitaciones de nieve (que tendrán un efecto aislante), o los incendios boreales (que tendrán un efecto opuesto, al eliminar la capa orgánica superficial y reducir a corto plazo el albedo). Otro factor importante es el colapso del suelo debido al descongelamiento de bloques de hielo. El así denominado terreno termocárstico, acelera el deshielo del permafrost, al crear depresiones topográficas que atraen el flujo de agua dado lugar a erosión térmica y deslizamientos de tierras. Esto puede dar lugar a una tasa catastrófica de liberación de carbono. Dicho carbono entrará en los ecosistemas, y en la medida en la que el suelo sea óxico, pasará a la atmósfera en forma de CO2. Por supuesto, esta disponibilidad de materiales orgánicos unida a un aumento de la temperatura favorecerán el crecimiento vegetal, que tenderá a su vez a capturar el carbono, aunque la magnitud de este efecto no bastará para evitar que haya un flujo neto a la atmósfera. Dicho flujo puede ser de 40 Pg a 100 Pg de aquí a finales de siglo, lo que supone unas emisiones del mismo orden de magnitud que las debidas a la desforestación causada por el hombre.

A pesar de las sombrías perspectivas que este trabajo arroja al identificar esta realimentación positiva entre el calentamiento global y la emisión de CO2 proveniente del permafrost, hay que señalar que la magnitud de la misma está sujeta a ciertas incertidumbres: la dinámica de descongelación del permafrost es compleja y no-lineal, como lo son los procesos de transferencia de carbono a la atmósfera. Habrá pues que refinar los modelos geológicos y biológicos involucrados, antes de disparar todas las alarmas.

 

Fuente: www.singularidad.wordpress.com (cc)

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